Naneun

Para el sabonim E. Salgado

Hay cosas que uno aprende tarde, que desearía haberlas metabolizado antes en su vida. Por ejemplo, actuar en contra del propio ego. Todo dolor interno surge cuando observas demasiado tu propio ombligo, cuando confías en que la imagen del espejo te ayudará a trascender.

Eso es falso.

Todo esto, insisto, lo aprendí tarde, casi con un cuarto de siglo en el cuerpo, y fue gracias a la práctica constante de las artes marciales.

Había salido de la práctica profesional de mi carrera y no hacía otra cosa, desde la mañana hasta la tarde, que preparar un libro de arena: una tesis de grado sobre Julo Cortázar a la que le salían brotes y malezas por todas partes. Cuando pienso en mi tesis de licenciatura, pienso en un árbol aprisionado por enredaderas que no dejan ver el tronco. Jaime Collyer, quien fuera mi asesor de tesis, me ayudaba en asuntos de estilo. Podaba aquí y allá para que se viera algo de la corteza. Aun así, aun notando la maleza, me sentía orgulloso del texto, que es el ego actuando con su disfraz predilecto: la estupidez. Por condescendencia, Collyer no me lo decía. Yo lo sabía, además, y no hacía nada por remediarlo.

Cuando sigues adelante por tozudez, acabas enfermándote. Intuía que si la mañana y la tarde las dedicaba a redactar esas páginas tremebundas, tendría la noche para vaciarme la cabeza. Probé con la música. Seguí con el cine. Como ambas actividades las efectuaba en mi cuarto, el aire seguía siendo el mismo y nada variaba. Así que una noche, viendo en VHS Wheels on Meals, esa película genial donde el kung fu de Jackie Chan por poco claudica ante el boxeo tailandés de Benny Urquidez, se me ocurrió que podía hacer lo mismo. Intuitivamente sabía que los mejores deportes son aquellos donde te enfrentas a ti mismo, así que me acerqué, a la mañana siguiente, a la academia Choy Lee Fut, que impartía kung fu en un gimnasio cerca de mi casa. Lo primero que me llamó la atención fue el uniforme negro en lugar de blanco. Luego, el altísimo desafío que Francisco –un pelirrojo que nunca miraba a los ojos– y Alejandro –un petiso robusto que caminaba chueco– nos ponían en cada clase. Y, ya casi al final, cuando se había hecho un grupo homogéneo, la evidencia de que todos estaban allí porque alguna película de Sonny Chiba, Jet Li, Chuck Norris, Sammo Hung o Bruce Lee –los próceres de la patria–, los había modificado.

La cinta blanca contrastando notoriamente con el uniforme negro me llevaba de una jornada narcisa a mi verdadera estatura. En casi todas las artes marciales, el blanco implica humildad, la tabula rasa de John Locke. De eso se trataba: quedarse en silencio, aquietar el yo que siempre desea acomodar el mundo a su beneficio. Además, implicaba aprender algo extremadamente difícil desde el último eslabón de la cadena; comprender que el rango en ese Dojo no te lo daban la edad ni los libros y discos y películas que te habías tragado desde adolescente, sino el fortalecimiento físico y, por añadidura, espiritual.

Todos estaban en esa sintonía, incluso los cinta azul y los dos o tres cinta negra que me corregían las posturas y hasta la actitud cada martes y jueves por la noche. Al final, aprendí las formas de combate, de defensa y de equilibrio de la grulla y el tigre. Alcancé a prepararme para mi examen de cinta naranja. Quedó pendiente por mi partida hacia Barcelona, España.

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Cuando conocí a mi esposa, una de nuestras primeras conversaciones fue sobre artes marciales. Ella había practicado taekwondo en la universidad y su bagaje era formidable. Debo haber guardado muy hondo esa información. Tuve un paréntesis largo, de más de diez años, en el que olvidé la lección de trabajar en contra del ego y lo dejé crecer. Me enfermé de nuevo, como en la época en que hacía la tesis sobre Cortázar. Me cambié de país por segunda vez. Entré a trabajar. Tuve cargos burocráticos de responsabilidad. Me compré una casa, un auto. Como la espuma de la cerveza, el yo ascendió hasta lo inevitable: derramarse. Y en esa necesidad de contención, hace medio año recordé un pensamiento que tuve, practicando kung fu: la muerte es pensar que tu esencia está en aquello que te da manutención. Faulkner reprobó siempre esos libros que había escrito por dinero. La paradoja luminosa de las artes marciales es que, mientras las practicas, tu yo no se manifiesta: es la disciplina atávica proyectándose a través de ti. Y eso libera del dolor de andar cargando con uno.

Hace dos años tomamos, como familia, decisiones radicales. Cambiamos de ciudad y de trabajo. En el proceso, perdí y gané. Fue como devolver lo que no era mío y quedarme con actividades donde no hay posesiones sino sólo experiencias. Devolví, por ejemplo, el caramelo envenenado de complacer a algunas autoridades a cambio de desayunar, comer y cenar con mis hijos. Volví a escribir y a leer sin presión y, por las noches, a practicar artes marciales en la escuela de taekwondo Eagle Park.

Ya no tengo la elasticidad del 2004, cuando practicaba kung fu en Choy Lee Fut. Me ha costado dar correctamente las furio chagui y aprenderme las formas del taegeut 3 se siente como si aprendiera recién a caminar o respirar. Ahora el uniforme es blanco, y la cinta también. En el Dojo, cuando siento que el entrenamiento me abate, observo un letrero resplandeciente, ubicado sobre la bandera coreana. Allí aparecen las seis cintas, desde la blanca con su leyenda, «humildad», hasta la negra, que significa «honor». Ésa es su simbología, por supuesto reductiva. Las habilidades técnicas son solamente medios para alcanzar un fin. Y si ese fin es darle su verdadero tamaño al yo, se entiende que, como la literatura o la docencia, un arte marcial es un camino místico.

Ésa es la única lucha que vale la pena librar: aquella que hunda el ego y nos ponga en un real camino de servicio.

Cheever

Una de las pocas grandes ventajas que tenía mi trabajo anterior era que, llenando los formatos correctos y cayéndole bien a los burócratas adecuados, podías hacer un cuantioso turismo académico que no sólo incluía transporte, hospedaje y alimentación (las tres etiquetas mafufas con que se comprobaba todo), sino también dinero para libros.

Cuando renuncié a ese trabajo por razones personales, me hicieron putadas tremendas, pero al menos no me quitaron los libros.

En uno de esos últimos viajes –a Madrid, la capital de todo–, recuerdo con la transparencia de un cielo de verano haber fatigado anaqueles, parafraseando a Borges, buscando un solo libro: los Diarios de John Cheever. Me había motivado una nota de Rodrigo Fresán al respecto, donde se decía: «Cheever crea al Homo Cheever a su imagen y semejanza, poniendo una especial y amorosa dedicación en sus perfectos defectos. Las páginas de sus Diarios desbordan párrafos dedicados a este conflicto íntimo ventilado, subliminalmente, en público y en las páginas del semanario The New Yorker donde aparecieron la mayoría de sus relatos».

Leer un diario de escritor –Kafka, Pavese, Ribeyro, Alfonso Calderón– es leerse al escritor; es un atajo a los temas realmente imprescindibles, sin necesidad de pasar por la carne y el condimento de sus ficciones. Se puede dar, por gusto, ese rodeo. Pero a veces, hay demasiada obra innecesaria -toda ficción lo que hace es darle trama al trauma- y cuando acudes a los textos personales llegas ya anestesiado a ver cara a cara al hombre detrás de los papeles.

En fin, probé en las grandes librerías madrileñas, en FNAC, en La Central del Callao y en las múltiples Casas del Libro. Nada. También en las pequeñas: Tipos Infames, Iberoamericana, Marabunta, Tres Rosas Amarillas (todas recomendaciones de una amiga colombiana, que se conocía Madrid mejor que a sí misma).

Nada, nada, sin éxito.

Encontré en Tipos Infames Falconer y la compré con resignación, porque la opción B, que eran los cuentos publicados por Emecé o RBA, tampoco aparecieron. Dejé el tema Cheever por un par de años hasta que tuve el Kindle Paperwhite. Lo primero que rastreé fueron los Diarios y el mensaje pareció un portazo: not avaliable. Así que bajé un fragmento de los cuentos y empecé a leer, a ver qué tal me iba haciendo el camino contrario (de la carne al tuétano).

Primero, «Adiós, hermano mío». Después, «Un día cualquiera». Luego, «El nadador» y ya no paré. Recuerdo haber estado de madrugada, en Puerto Vallarta, leyendo estos cuentos en un ambiente imprevisto pero ideal para leer a Cheever: encierro, cama limpia, whisky de más en el torrente sanguíneo, olas al fondo, rompiendo y lamiendo olas; y, como el narrador de «Adiós, hermano mío», ese rumor de olas «creaba múltiples ecos, como un tumulto, y aquello me producía el mismo placer que cuando era joven y parecía tener una fuerza catártica, como si hubiese liberado mi memoria».

Cheever

Es tremendo cuando, en ese cuento, el narrador le revienta la cabeza a su hermano Lawrence con una roca o raíz de algas; no porque sea una reminiscencia al relato hebreo de Caín y Abel –una estupidez de análisis, por cierto: ninguno de los cuatro hermanos del cuento de Cheever busca la aprobación de ningún padre ni siente envidia por el otro– sino porque es exactamente lo que el lector desea hacer desde la primera vez que este patético e insufrible Tifty entra en escena. Es tremenda, también, la parte en la que Neddy Merril, en «El nadador» -sí, sí, blablá, Burt Lancaster, blá– se da cuenta de la inutilidad de su empresa (cruzar a nado su condado a través de las piscinas de sus vecinos) y una voz implacable describe: «Los brazos no le respondían. Las piernas parecían de goma y le dolían las articulaciones. Lo peor de todo era el frío en los huesos y la sensación de que nunca volvería a entrar en calor».

En fin, no pararíamos de citar escenas memorables. Pero el asunto concreto aquí es el siguiente: como dice Javier Morales Ortiz en una estupenda crónica: «Hoy no sería el mismo escritor, por tanto la misma persona, si en mi vida no se hubiera cruzado la obra de John Cheever».

Suscribo.

El efecto Cheever es como el efecto Hitchcock: no regresas a la realidad de la misma manera. Un tal Roberto Villar hace un comentario a la entrada de Morales Ortiz y señala con precisión este efecto: «Es discretamente devastador». Sí, es eso: no sientes el poderoso influjo de Cheever como hasta el tercer día; y lo sientes no solamente cuando lees y escribes tus cosas, sino cuando te quedas mirando una familia aparentemente feliz que comparte una copa en una terraza o cuando estás a punto de zambullirte en una alberca.

«Siempre he envidiado su estilo, la magnitud y profundidad de su obra. Pero nunca su vida», termina diciendo Morales. Con ese comentario, más ganas me dan de leer sus Diarios.

To Sir, with love

Mario Valdovinos es alto y espigado y tiene la voz que tendría Tom Waits para contarle un cuento de dormir a sus hijos. Supongo que nos unió el cortazarismo férreo que ambos profesábamos a comienzos de los dosmiles. Lo seguí primero por la prensa, en sus artículos siempre destellantes, y luego en casi todos los talleres literarios que realizó en las dependencias del diario El Mercurio. Sus ojos claros recorrían el salón, atento a las reacciones de sus pupilos después del chiste o el comentario libresco que segundos antes había lanzado. Y después se reía y seguía hechizándonos con las salidas prostibularias de Vallejo y Neruda en París y su fatal sentimiento de culpa por no haber podido acabar el Ulises, de Joyce.

En esos talleres de lectura conocí, como una reacción en cadena de acuerdo a una de sus frases célebres, «todo escritor tiene un ombligo», a Antón Chéjov, y con Chéjov a Raymond Carver, y en Carver descubrí ese núcleo que la expedición al centro de la tierra buscaba. Tuve la sensación de que todo lo aprendido en las anodinas clases de Castellano de la secundaria volaban por los aires. O la imagen contraria, se hacía trizas en el suelo, como el jarrón endeble del realismo, mismo, el naturalismo, sismo, el romanticismo, abismo, y todos los ismos dictados por un canon mafioso y enquistado. Muy bien Garcilaso, pero existía Emily Dickinson. Excelente las descripciones de papagayos y urracas parlanchinas y vegetaciones tupidas de José Eustasio Rivera, pero allí estaba el ciego Borges y los juegos con la imaginación y el tiempo y el Paraíso, que otros llaman la Biblioteca.

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Lo seguí después a Mario para hacerle entrevistas, a propósito de mi tesis sobre Cortázar. Lo perseguí, luego, en sus diferentes apariciones radiales, hablando de letras y de cine, hasta que me interesó leer esos libros suyos de cortes tan diversos, que venía publicando con regularidad desde 1989.

Así se inició la expedición. Para leer la primera prosa narrativa de Mario Valdovinos –es decir, casi todos los libros anteriores a Piojo, de títulos tan sugerentes como Guía de los habitantes extraviados y Crónica de un hombre tendido– había que convertirse en un arqueólogo del papel amarillento, el sastrecillo valiente de las librerías de viejo de San Diego y Manuel Montt o, en su defecto, contar con la amabilidad del autor, quien siempre sacó de sus anaqueles un ejemplar para mí, para que lo leyera y releyera y descubriera esa realidad a jirones tan propia de su estilo, del tipo: «Las mariposas viven apuradas porque su belleza es pasajera, como las burbujas y la miel», o ese microcuento incrustado en otro microcuento, como en un juego de cajas chinas, llamado Buenas manos, y que versa: «Lo único bueno que tienes son las manos […] Pero no las sabes usar» .

El resto de la colección la he ido recogiendo de otros sitios, como piedritas en la playa. Compré Piojo y EpistoHilario en distintas y atípicas ferias del libro. El propio Mario me hizo llegar Takes, mi favorito entre los favoritos, por intermedio de mi amiga Gloria –la crespa Gloria a quien, por su inminente compromiso matrimonial con un parisino, llamo secretamente la mujer del teniente francés–. Me envió a Barcelona su Breviario de fantasmas, cuando decidí marchar definitivamente de Chile. Durante un fugaz regreso a Santiago, encontré sus Crónicas para los días de lluvia en el mesón de una librería de lujo, y tras leer la mitad me di cuenta que Mario, mi amigo Mario, el Mario de los talleres y los programas de radio, no ha cambiado.

Quizá la gente no lo sabe, pero Mario habla como escribe: con impronta, con elegancia, con la flexibilidad justa para que en el discurso más sublime se filtre una palabreja made in Chile: «¡Spleen, spleen! ¡Es una antigua palabra francesa y refleja el aburrimiento, la lata, el pantano del sin sentido, los días inútiles!»

Quizás Mario no lo sabe, pero le debo a él buena parte de mi vocación para la enseñanza y la apreciación de los detalles más finos en las lánguidas tardes de otoño, donde todo ocurre cuando no ocurre nada.

Quizás nadie lo sabe, pero no sólo compro, canjeo, recojo, recibo, intercambio y subrayo los libros de Mario Valdovinos por afinidades literarias. También porque supe que cuando me llegara el touch de la publicación, mi primer libro (que fue Clowns) iría dedicado a él. Y el segundo –que, crucemos los dedos, salga este año–, además de dedicatoria tendría toda una subtrama narrando lo que ha sido esta relación.

Jorge González: Un viajero de energía insensata

No me gusta Pedro Piedra (o Pedropiedra, como se escriba); me parece un mal cruce entre Manu Chao y Álvaro Peña, pero hay que reconocerle que cantó una verdad soberana, en una canción llamada «La balada de Jorge González». Allí, lo describe como: «Una estrella en el oscuro cielo austral/ la que viaja a mayor velocidad».

Eso es exacto. Jorge González vivía a otro ritmo. No es que, en sus mejores años, fuera impredecible y explosivo: es que todos los demás vivíamos de forma más retardada.

Recuerdo una declaración, ya en los 2000, en la que Jorge González había decidido subirse a tocar solo a los escenarios, sin banda de acompañamiento. «El tiempo que pierdo enseñándole a alguien la batería de “Por qué no se van” puedo invertirlo en componer una canción». Arribismo había. Megalomanía a lo Lennon, también. Excesos múltiples, con drogas y mujeres ajenas, qué duda cabe. Pero en el núcleo de esa declaración, y en el verso de Pedropiedra, es posible resumir la esencia de Jorge González: un viajero de energía insensata que, al final del camino, terminó solo.

            Como todo niño a finales de los años ’80, conocí la voz de Jorge González a través de los primeros cassettes de Los Prisioneros, y su manejo del lenguaje era soberbio. No había letrista en Chile que expresara como él ciertas verdades coyunturales («cuando vino la miseria los echaron,/ les dijeron que no vuelvan más./ Los obreros no se fueron, se escondieron,/ merodean por nuestra ciudad») y otras que supieron trascender a ese Chile dictatorial, hoy tan expuesto y sobado por las series de TV y la literatura («Olor a farsa llena este lugar/ sábado en la noche: la gente estúpida sobra»; «estoy bien, me siento bien/ pero es este un planeta muy inmenso como para estar solo»). Su adjetivación, su precisión en los términos, lo hacían equiparable a Víctor Jara, al Gato Alquinta, a Violeta Parra.

A principios de los ’90 llegó un disco llamado Corazones, cuyo folletito interior hacía sospechar: ¿por qué hay sólo dos, no eran tres Los Prisioneros?, ¿qué había sucedido para que sus letras «revolucionarias y acusativas», para usar uno de sus versos, dieran paso a ésas, de puro desgarro amoroso?

            En su momento odié Corazones por motivos estéticos. Después, ya en la universidad, odié el disco al saber que el germen de casi todas las canciones era la mujer de Claudio Narea, su mejor amigo, el prisionero que faltaba en ese cuarto disco.

Hace poco oí Corazones completo, con los matices necesarios que la misma vida te va dando, y me pareció intensísimo, hermoso: «¿Cómo puedo comer,/ cómo puedo escribir,/ cómo puedo sufrir,/ escapar o mentir?/ Si lo único cierto y lo único claro/ es tu firme, salvaje y bendito amor», se oye en «Amiga mía»; y en «Cuéntame una historia original»: «Y dices que has perdido la inocencia/ mientras miras con ojos inmensos… mejor compremos chocolates». Es tan personal, tan exhibitivo e impúdico, que Corazones ya no es un disco de Los Prisioneros: es el primer LP de Jorge González solo. Oírlo es, inevitablemente, imaginarse a la mujer de Narea; imaginársela a través de los ojos de Jorge González, abierta y entregada en una cama, y luego haciéndose la víctima.

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            En el libro Corazones rojos. La biografía no autoriza de Los Prisioneros, Freddy Stock cuenta los pormenores de esta historia feroz. El momento en que Narea se entera. El momento en que Narea le destroza la cara a González y éste se deja golpear por su mejor amigo. El momento en que Narea perdona a su mujer y juntos se reconstruyen, teniendo otro hijo. En el fondo, Claudio Narea se salva. Jorge González, en cambio, como príncipe destronado, se hunde cada vez más en sí mismo, en un peligroso exilio interior que lo lleva de la cocaína a los ácidos, y luego a componer dos o tres soberbios discos solista. «Fe», por ejemplo, hace pensar que su primer trabajo en solitario es sólo una extensión de Corazones.

            A principios de este siglo, González armó y desarmó a Los Prisioneros a su antojo. En 2002 hicieron una gira por Chile que empezó como acabó: forzada y sin rumbo. Grabaron un par de discos malos (Los Prisioneros y Manzana). La cama acolchada de los millones de pesos no amortiguaron el insomnio de los demonios. González se atascó en su sensibilidad. Narea no pudo perdonar nunca nada. A Miguel Tapia se le acabaron los recursos, y las ganas, para mediar entre ambos.

Ahora oigo todos los discos de seguido, desde el homónimo Jorge González hasta Trenes, lo último que nos legara hasta que tuviera el accidente cerebrovascular, en 2015. Y uno entiende, con Libro o Mi destino, por ejemplo, que en los 2000 es otra cosa la que está queriendo proponer, en un afán constante por no repetirse y por «decir lo que sabemos pero sabiendo cómo hablar».

En una crónica emotiva, Álvaro Bisama lo dice de manera exacta: «González canta con los ojos cerrados, pero con los brazos abiertos. A veces, parece que tuviera la cara hecha de mármol. A veces, parece quebrarse […]. A veces, mira con los ojos abiertos a un punto indeterminado y pareciese fugarse dentro de la melodía, habitar sus viejos éxitos como si fuesen un cuarto privado. González lo sabe. Quizás las canciones siempre fueron sólo suyas: canta como si no hubieran existido Los Prisioneros».

Con Los Prisioneros, González se comportaba como un músico. En solitario, sobre el escenario, parecía un Bruce Springsteen, un Charly García, una bestia que ponía a todos en su lugar –favor de ver este video–, pero que debajo de esa agresividad escondía unas profundas ganas de amor. Si lograra escribir su autobiografía, sin problemas podría llamarse como la de Klaus Kinski, All I need is love.

Les honneurs, ca m’emmerde

Hay asuntos que antes ameritaban, al menos, un recordatorio. Ahora pasan casi desapercibidos.

Pero no es ése el punto.

Dentro del ya intragable Confieso que he vivido de Neruda, hay una frase mayormente intragable; una frase que me enervó cuando la leí de adolescente y me sigue enervando ahora: «Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras». En resumen, Neruda justificaba siglos y siglos de saqueo y explotación española por una herencia sospechosa: el lenguaje colonizante. (Bueno, paréntesis: Visto en retrospectiva, Neruda es un poeta que no parece poeta, que tuvo dos o tres libros de hondura y que luego se dedicó, como dice Zambra, a coleccionar casas y mujeres, y a pensar en todo menos en lo que piensa un poeta de verdad: lo problemático que resulta todo lenguaje como forma expresiva).

Cualquier escritor sabe esto, al menos a nivel intuitivo: se trabaja a las patadas con el lenguaje. Yo lo entendí mejor leyendo a Slavoj Žižek cuando, explicando a Lacan, señala que todo lenguaje es como el caballo que los griegos ofrecieron a los troyanos: un regalo que, una vez aceptado, nos coloniza.

A excepción de algunos poetas y psicoanalistas lúcidos, pocas figuras se dieron cuenta de esto en nuestra Amerindia azotada y poco pensante. Una de ellas fue Ernesto Guevara.

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Siento que di todo un rodeo solamente para decir esto, pero es que en el fondo no hay otra forma de decirlo. Hace pocos días se cumplieron 64 años del Asalto al Cuartel de Moncada y se cumplirán, el próximo 9 de octubre, 50 años de la muerte del Che Guevara (ese mismo día, se cumplirán 77 del natalicio de John Lennon, pero a Lennon lo vamos a dejar por el momento congelado en la foto). El mismo 26 de julio saqué el tema del cuartel de Moncada en una comida con otros profesores. Nadie sabía, o nadie quería saber, a qué me estaba refiriendo. Patético. Es parte de la historia de nuestros países, como la dudosa Batalla del 5 de Mayo y el pedorro abrazo de Maipú entre O’Higgins y San Martín.

Con el Che es otra cosa, acaso más triste a medio siglo de su fallecimiento: desprestigiado como estratega guerrillero; cuestionado en sus prácticas de depuración interna; acusado casi de suicida por seguir el internacionalismo; acusado casi de estalinista; hundido como referente de la liberación de justo eso que vomitivamente ponderaba Neruda; convertido, en Cuba y Argentina, en un logotipo…

¿Quién es hoy, Ernesto Guevara? Es Gael García y Benicio del Toro, y poco más.

Nadie se acuerda que fue de los primeros en poner el dedo en esa llaga: nos colonizan. Descarada e injustamente nos colonizan.

Mis padres nunca militaron en la izquierda y de todos modos fueron perseguidos por la dictadura de Pinochet. Así que, aunque les gustaba la Nueva Trova y simpatizaron en los ’60 con la Revolución, crecieron como muchos con miedo de tener en casa cualquier objeto alusivo al comunismo cubano. Ya en democracia, cuando entré a la universidad, simpaticé con algunos compañeros y profesores socialistas. Intenté leer a Marx y a Lenin y a Rosa Luxemburgo. No se me dio por ahí. En cambio, sí tuve al Che en una polera y en un afiche. Sí leí el Diario en Bolivia y La guerra de guerrillas, y me marcaron algunas de sus frases: «Aquí lo que hace falta no son homenajes, sino trabajo. En cuanto a los honores, se los agradezco, pero les voy a responder en francés, que es más delicado, para no ofenderlos: Les honneurs, ca m´emmerde!»; «hay que endurecerse sin perder la ternura»; y sobre todo, una que aún me hace sentido: «No creo que seamos parientes muy cercanos, pero si usted es capaz de temblar de indignación cada vez que se comete una injusticia en el mundo, somos compañeros, que es más importante».

Viví entusiasmado por el proyecto cubano, y por la música de Silvio y los textos del Che, unos diez o doce años. Luego, viví en carne propia cómo se desgajaba ese compañerismo y en un lado y otro se hacía la vista gorda de las mismas injusticias. La lápida definitiva ocurrió en el 2011, cuando me tocó viajar a Cuba y ver de cerca el desastre. En México o Chile el desastre es el mismo, para qué nos engañamos, sólo que está encubierto por la fachada de rascacielos y grandes centros comerciales. Ni uno ni otro, qué vamos a hacerle.

No sé, la verdad, cuántos homenajes espontáneos hubo el 26 de julio, pero lo cierto es que me sorprendería mucho más que no los hubiera el 9 de octubre. Quizás así lo querría el mismo Guevara: en lugar de la contradicción de una camiseta con su rostro degradado, hecho en China, sería mejor homenaje ponerse a leer, por ejemplo, la biografía que Jon Lee Anderson escribió en 1997 sobre él. Ahí se ve, como el libro de Unamuno, nada menos que todo un hombre, lejos del mito oportunista erguido por la nefasta izquierda latinoamericana.

Sería bueno ese encontronazo cara a cara, a 50 años de su muerte. No hay que caer, pues, en una falacia ad hominem: hay zonas oscurísimas en la biografía del Che, pero en otros momentos hay una altura moral y una integridad que ya ningún dirigente tiene.

Puro Chile

He intentado leerme todo, o casi todo, de lo que ha venido apareciendo de literatura chilena contemporánea. Desde los Zambras, las Nonasfernández y los Bisamas hasta los recientes Flores, Apablazas, Villalobos y Díaz-Klaassens. Hace algunos años, Zambra acuñó una frase para hablar de la brecha que existía entre la visión de los adultos y la de los niños durante el período de la brutal dictadura de Pinochet, y a los testimonios de aquellos que tenían cinco, ocho, diez años le llamo «la literatura de los hijos». En Formas de volver a casa él mismo hizo apología de aquello. Luego, Oscar Contardo compiló un libro estupendo, Volver a los 17: Recuerdos de una generación en dictadura. Los niños también tenían una óptica y, sobre todo, algo que decir: papás y mamás temprano en casa, deambulando como fantasmas por los pasillos debido al toque de queda; juegos violentos en los recreos, como trasunto de lo que se experimentaba en la sociedad entera; silencios pesados, familiares desaparecidos, espionaje entre los mismos vecinos y compañeros de trabajo.

La propuesta de Zambra funcionó por un rato, sobre todo para la generación de escritores nacida en los años ’70. Después, pasó. Se diluyó, aburrió a todo el mundo, pasando por ellos mismos. Lo imprevisto fue que dejó abierta una puerta peligrosa cuando los escritores nacidos en los años ’80 y ’90 empezaron a jugar con ese mismo criterio de la «literatura de los hijos». Como decía, he intentado leerme casi todo de esta generación –que, chucha madre, es la mía– y por mucho sello Planeta, Tusquets y Random House que respalde, lo que hay aquí es un testimonio pálido de situaciones familiares que no calientan mucho a nadie, bajo preceptos inocuos como: «cuando papá se quedó cesante», «cuando mamá le dijo a papá que no lo quería», «cuando hermana se embarazó», etcétera. Hay una versión patricia y plebeya, momia y proleta, de esto. Por decirlo pronto, y con ejemplos evidentes: Qué vergüenza, de Paulina Flores, arriba, y El Sur, de Daniel Villalobos, abajo, se instalan en ese lugar de enunciación de la niñez a lo Zambra, pero no les resulta. La canción no les sale. Sí, son esos los acordes, pero están cantando en otro tono. La verdad, leer sin más trabajo estético sobre «qué bacán nuestras vacaciones en familia en resort all inclusive» o de lo «pobres que éramos que ni mantequilla al pan le echábamos» es para que los párpados se cierren solos.

Por otro lado, hay algo más crítico: la generación anterior –la de Fuguet, Ortega e incluso Baradit – se está, ahora, planteando otros asuntos y no proyectos literarios contundentes. Francisco Ortega es algo así como el Dan Brown chileno, y, como Dan Brown, lo que más necesita es un buen editor. A Baradit le compramos todos lo de las ucronías en la historia de Chile, pero hacer un programa de televisión sobre eso es excesivo. Y el mejor Fuguet ya pasó. El mejor Fuguet estuvo entre Tinta roja y Missing. Sus últimos dos libros ya fuera del clóset funcionan, quizá, como una catarsis testimonial de una sexualidad que el autor se reprimió en los ’90 y que en el siglo XXI puede vivir desatadamente. Pero más no hay allí.

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La verdad, en todo lo que he ido leyendo por aquí, por allá, por acullá, hay un caso singular: el de Camila Gutiérrez. Igual se sitúa ahí donde están los demás, pero subvierte algunos códigos. Primero: tiene algo que contar (una infancia evangélica, es decir, encapsulada). Y segundo: tiene una voz propia, intensa y divertida, para contarlo (la soltura de una red social extinta, el fotolog, pero cuyo arcaísmo le da una sustancia que las redes sociales actuales están lejos de tener). La misma Camila Gutiérrez lo reconoce en una entrevista (que, por cierto, le hizo una antigua compañera de universidad): escribe infinitamente mejor de lo que habla. Así que no se quede con la Camila de esas entrevistas, sino con la que escribe Joven y alocada. La Hermosa y Desconocida historia de una Evangelais. Da miedo leer esa novela. No por la honestidad –en eso, Fuguet o la pareja Viera Gallo-Pérez se la llevan por patas–, sino porque está apostando todo lo que tiene a una sola casilla. En ese libro, y el siguiente llamado No te ama, está exprimiendo el único limón que tiene, tanto por los argumentos como por los recursos técnicos deslumbrantes. Y ver despeñarse así a un escritor da miedo si a lo que se dedica uno es a escribir.

(Bien vale este galletazo: La nueva literatura mexicana vive un fenómeno extraño. Todavía no puedo demostrarlo con contundencia, pero bueno, ahí va: siento que con Bellatin, con Enrigue, Nettel, Villoro, Lomelí y Villalobos –todos buenos escritores– no hay ninguna apertura de caminos, sino la clausura magnífica de toda una tradición abierta y sostenida por Elizondo, Arreola, Ibargüengoitia, Elena Garro, etcétera. Pero entre ellos, nacidos en los años ’60, y los nacidos en los ’80 y ’90 hay una suerte de bolsa de aire, de acantilado sobre el que nadie quiere tender muchos puentes. Lo que he leído de los nuevos-novísimos mexicanos [Yuri Herrera, por ejemplo; o Herbert, Luiselli y Fadanelli] es la intención saludable de depurar y hacer legibles esos proyectos narcisos y farragosos de los tantos Fuentes y Del Pasos que monopolizaron el campo cultural y hasta el gusto literario por décadas y décadas. Costará algún tiempo que algo potente surja en la literatura mexicana, sobre todo porque aún nadie quiere sacudirse de encima la peor prosa de Del Paso y sobre todo de Fuentes y porque la apuesta editorial es no publicar nada que huela a literatura, sino a escandalillo de faldas de próceres históricos vendible para cincuentona-divorciada-quiero-un-libro-ligero-para-la-playa).

Volviendo a la literatura chilena, pienso que hay una tercera vía para salir del embrollo: releer una tradición más hundida y menos apreciada. Germán Marín, por ejemplo, que resulta una isla solitaria pero con un proyecto en verdad ambicioso, tanto en calidad como en volumen. O releer la obra de Donoso encontrando ciertas claves inéditas a partir de sus diarios recientemente publicados. Creo que terminaré los libros de Camila Gutiérrez y Un animal mudo que levanta la vista será la siguiente relectura, a ver adónde nos lleva.

Uruguay sincronizado

Para A.A. y B.R.

Una amiga anda en Uruguay. Me mandó fotos anoche. El río, desde donde se entrevé Buenos Aires; un billete, con el rostro de una Juana de Ibarbourou que se parece a Anäis Nin; el Palacio Salvo, que Damon Albarn usó para la portada de Heavy Seas of Love. Mi amiga me dice que no se regresa a México, que quiere vivir allí por siempre. Esta mañana, mientras me vestía, tuve flashazos de esas fotos montevideanas y recordé a Enzo Francescoli. Quién sabe por qué: tan fan de Onetti y de Felisberto Hernández y quien me vino a la memoria fue Enzo, el príncipe patricio entre los hunos (pues sí, aunque Carlos Alberto era un llorón, hay que decirlo con sus mismas palabras: los uruguayos confundían el juego duro con la deslealtad). Pero Francescoli fue de los primeros uruguayos voceados por la hinchada argentina, antes que Marcelo Salas (otro fenómeno). Ese gol de chilena en el amistoso del ’86 contra Polonia es de los momentos sublimes en los que, rara vez, se funde poesía con fútbol.

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Palacio Salvo, Onetti, Francescoli, Juan de Ibarbourou. En uno de mis anteriores trabajos, conocí a un palurdo absoluto que se creía poeta y, además, místico. Embaucó a altas esferas académicas para que le financiaran una investigación sobre cómo todo en el universo estaba conectado y, además, en sincronía. Pero su idea de la sincronía era sencillamente una fuerza sobrenatural que ponía maravillosamente todo en alineación, no la «mano» de Gombrowicz; no lo que aquí intento sonsacarme desde adentro con el tema Uruguay y mi amiga.

Hace unas semanas acabé La uruguaya, de Pedro Mairal. Por supuesto, mis ganas de cruzar el río y correr por la rambla a la altura de Eduardo Acevedo y comerme un chivito con una Pilsen helada fueron mayúsculas. No me atrajo en realidad el argumento de la novela (uruguaya-embauca-argentino; bien, no tengo reparos, pero se resuelve rápido, como un caramelo al que se le va el sabor muy pronto), sino aljófares como éste: «Cuando no escribo ni trabajo sube el volumen de las palabras dentro de mi cabeza y me van inundando. Crecían dudas como enredaderas, me iban rodeando»; o bien éste: «Cuando llora una mujer mi cerebro se va lo más lejos posible, al fondo de mi egoísmo, a la otra punta de la pena o del amor, planeo la fuga»; o éste, aún más acertado: «¿Es uno el que está atento solo a las cosas que le competen y entonces recorta del infinito caos cotidiano justo lo que lo interpela?». Eso, precisamente. Eso es más acertado para prefigurar la sincronicidad: no existe como tal, nada pasa allá afuera: son los esquemas de la Gestalt los que se alinean en el coco de uno.

Así que también me dieron ganas de ir. Hay un momento en La uruguaya donde Pereyra, el cazador cazado, le pregunta a un mesero si es cierto que ahí, en esa cervecería, come de repente el presidente Mujica. El mesero le responde que hace tiempo que «Pepe no para por ahí». Ahí, sin duda, hay una revelación: caras de poetas en los billetes; jefes de estado frugales; apenas a unos kilómetros de la gran ciudad latinoamericana, Buenos Aires, pero con agua de por medio, lo que siempre es saludable.

Alguna vez planeé una novela que ocurriera en un bar de Montevideo, entre un escritor anciano, sabio y concupiscente, y una joven aprendiz de escritora, que se hace la tonta pero le gusta poco. Él le enseñaría a servir adecuadamente la cerveza, como en un rito; ella le enseñaría, con su cuerpo de nieve de primavera, a ya no hundirse más en sus cavilaciones otoñales. Ja, una versión sudaca de El cielo es azul, la tierra es blanca, en el fondo, donde Tsukiko tendría un nombre típico uruguayo (Delmira, Amalia, Elvira, Idea) y el profesor Matsumoto se apellidaría Markarián o Francescoli.

Sí, hoy creo que Uruguay es el país más notable de América del Sur. Son tres millones trescientas mil personas desde hace más de treinta años. Se han sabido depurar. Se han sabido reinventar. Y lo mejor: de Horacio Quiroga a Mario Levrero, de Francescoli a Luis Suárez, han sabido entrelazar bien su poesía y su fútbol.

50 años con Pimienta

Existe un documental sobre Sgt. Pepper que nunca más he vuelto a ver. Lo pasaron en Chile, por tele abierta, y estaba doblado al mexicano. Recuerdo, a chispazos, algunas escenas: Paul McCartney mostrando el melotrón y tocando de pie la introducción de «Strawberry Fields»; George Martin contando cómo, en una de las sesiones, llevó a un Lennon sumergido en ácido al techo de Abbey Road Studios, para que tomara aire;  Ringo diciendo que odiaba el verso de los tomates en «With a Little Help…», tanto como la nota final que lo obligaron a cantar. Como en el texto de Elizondo, me veo a mí mismo viendo el documental, en la casa de una tía abuela en Puerto Montt, con lluvia torrencial afuera y un olor constante a kuchen de frambuesa desde la cocina, apurándome en poner el VHS en la casetera para grabar aunque fuera la mitad de esa película. Tenía dieciséis años y componía canciones en la guitarra y en un pianito Casio, inspirado, más que en el Sgt. Pepper, en la psicodelia y en toda la circunstancia que rodeó a esa grabación.

Todo beatlemaníaco es así: importa tanto el disco como el momento preciso en que se te metió bajo la piel. Para siempre. Después de muchos cassettes hechizos que me copiaba mi mejor amigo –a los que les dibujábamos, con precisión de orfebre, hasta la manzanita de las carátulas–, el primer original que tuve fue el Sgt. Pepper. Ya hacen veinte años de ese suceso y cincuenta desde que saliera a la venta, aquel mítico 1 de junio de 1967.

¿Qué sucede con su audición, dos décadas después del hechizo inicial de Sgt. Pepper como disco conceptual, psicodélico, único, etcétera? Que, efectivamente, McCartney logró llevar a cabo la idea que tuvo en el vuelo de regreso de Estados Unidos a Inglaterra: el disco de una banda imaginaria, que no fuera los Beatles.

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Me atrevo a formular una evidencia conspiratoria. Revolver es el último disco de los Beatles, en tanto agrupación. Desde fuera, puede pensarse que los Beatles fueron una caricatura de sí mismos en el primer período, el de 1962-1966: uniformados en peinado y vestimenta; víctimas de productores y agentes vampiros; obligados a sonreír siempre en las películas sonsas que filmaron, al estilo de los hermanos Marx. Pero esa homologación de cuatro personalidades tan distintas en un cuarteto de niños buenos que higienizaban el rock & roll no fue más que el resultado de trasladar los principios del pop art a la música: una sopa Campbell que se repite, neutralizada, despolitizada. Afortunadamente, todo se desbordó, y lo que siguió fue el esplendor del rock virtuoso, de personalidades elocuentes; pero esos ya no eran los Beatles. El punto de quiebre fue la entrevista con Maureen Cleave, donde todo se fue al traste –ya se sabe: «We’re more popular than Jesus now»–; y Revolver, donde Lennon le dijo adiós a la banda que formó con sus compañeros de instituto.

Eso no es casualidad. «Tomorrow never knows» no sólo es una guía para el viajero del LSD: es la despedida de Lennon del grupo, que se desvanece para entrar en el espacio más doloroso de las drogas duras y ya no salir de ahí. Después, eso que se llamaba The Beatles se volvió la banda de acompañamiento de Paul; la banda de acompañamiento que, antes de The Wings, se llamó Sgt. Pepper’s Lonely Hearth Club Bands. La banda de acompañamiento que usó a favor el rumor de la muerte del propio McCartney para que, por el poder de la ausencia, se volviera a la fin el protagonista total. «So may i introduce to you the act you´ve known for all these years…».

A Paul le gustó la idea de ser solista, desde «Yesterday» (1965) y «Eleanor Rigby» (1966), pero era suficientemente listo para reconocer la genialidad de canciones de los otros dos solistas; obras mayores del período 1967-1970 («I am the walrus», «Something», «Hapinness Is A Warm Gun», «Strawberry Fields Forever»,«Here Comes The Sun», etc.), donde, después de tantos años jugando a ser Elvis y los Marx Brothers, quisieron individualizarse pero ya no supieron cómo parecerse a sí mismos.

En ese documental que vi hace ya veinte años, George Martin decía cómo habían montado la pirotecnia en el disco de esta banda imaginaria que, a la fin, se volvió más real que los Beatles: aquí la parte de John («I I read the news today, oh boy»), acá la de Paul, luego de los violines y el reloj despertador («Woke up, fell out of bed»). Más allá un loop artesanal, para simular el sonido de un carrusel de circo; más acá, el sonido extraño de papel higiénico frotado contra un peine.

Sgt. Pepper’s Lonely Heart Club Band, el disco cumbre del rock, es eso: una experimentación fabulosa, coherente, químicamente pura, de artefactos insólitos e instrumentos exóticos, articulados por cuatro músicos virtuosos que ya no eran los Fab Four, pero que siendo los chicos de Pimienta llegaron a reinventar toda la música. Luego, incluso esa agrupación se disolvió. Sin ser los Beatles ni la Banda de los Corazones Solitarios, formaron en 1969 otra banda, anónima, curiosa, personalísima, que guardó los instrumentos raros y se enfocó en las guitarras, el piano, el bajo y la batería para grabar Abbey Road. Y también se enfocó en sí misma, retratándose como una procesión fúnebre en la calle de al lado de donde grababan y ya no en un universo paralelo de cielos de mermelada y meditación hindú.

Lo que enterraba ese cortejo era cualquier vínculo posible entre ellos.

Ya lo había dicho Paul: el mayor homenaje posible se produjo apenas un par de días después de su lanzamiento, cuando Jimi Hendrix abrió su concierto en Londres con el tema de apertura de Sgt. Peppers. Jimi sabía que no estaba tocando una canción de los Beatles, y por eso pudo singularizarla de ese modo.

Bob Dylan: El cántaro al agua

Dos anécdotas, ambas de la Rolling Thunder.

La primera: corría el año 1975 y en Lowell, Bob Dylan y Allen Ginsberg –mentores de una gira y de una road movie interminable de la que casi no se conoce material– visitan el cementerio de la ciudad. Buscan la pequeña lápida en donde está enterrado Jack Kerouac. Ginsberg se pone a recitar unos versos de Shakespeare. Dylan, en tanto, afina su guitarra Martin. Adoptan, sobre una alfombra de hojas secas, la posición de loto. Improvisan un poema, alternando la pronunciación de un verso y otro, «sentados directamente en la tierra, encima de huesos, debajo de árboles, y oyendo lo que oyen», como testifica Sam Shepard en su libro alusivo a la gira.

La segunda: en Springfield, Massachusetts, en los mismos días de esa gira, alguien se hace con la dirección de una mujer que es pitonisa y muy buena cocinera, y que tiene un salón raro, llamado Beckett, donde la mujer en cuestión sirve guisados y te abre la visión del tercer ojo. En el barrio la apodan, sencillamente, Mama. Mientras Dylan se dedica a beber coñac, Mama se prenda de Joan Baez, al punto de regalarle alhajas y vestidos que causan efectos reales en la cantante. Delante de las cámaras, Baez increpa a Dylan. «¿Por qué mentías siempre?», le pregunta. Dylan intenta esquivar el gancho, echando mano a uno de sus trucos predilectos, el desdoblamiento: «Yo nunca he metido. Eso fue aquel otro tipo». Y Baez lo cuadra: «Ahora mismo estás mintiendo».

Ambas historias modelan, a mi juicio, la enorme estatura literaria de Bob Dylan. Nacido como Robert Zimmerman –nacido, además, como un ser pequeño, flaco, esmirriado–, tuvo desde temprano que desdoblarse para abrirse camino. Para eso, precisamente para eso, le sirvió escribir y leer tanto: para convertirse en otro, un fenómeno que se encuentra en el corazón de la experiencia literaria y para el que no se necesita citar siempre a Fernando Pessoa. Zimmerman quiso, a los quince años, ser Woody Guthrie; y después, a los setenta, Billy The Kid, pasando por identidades tan disímiles como contrastantes.

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La gracia es que en la piel de todos esos heterónimos, Dylan escribió cientos de poemas que luego, por accidente, tuvo que salir a cantar.

Desde hace muchísimos años –por lo menos cien, vaya– la poesía cambió de soporte. El cubofuturismo ruso es un ejemplo. El dadaísmo, otro. Zimmerman/Dylan/Guthrie/BillyTheKid/etcétera constató la influencia de dichas vanguardias en lo que hacían los beatniks, recitando, cantando, declamando, aullando versos al compás del bebop y del incipiente rock and roll juguetón. Dylan comprendió pronto que el soporte no importaba: que una cosa eran los libros de poemas y otra, muy distinta, la poesía, cuya esencia vive independiente de su vehículo, en las pintadas de los muros y las voces de los cantantes de country. A eso le apostó, incluso haciendo poesía de género: coloquialismo en The Times They Are A-Changin; amor provenzal en Ain’t Me, Babe; prosa poética en Like a Rolling Stone; elegía en Hurricane; experimentalismo en As I Went Out One Morning; revelación mística en Knockin’ On Heaven’s Door.

Después de Ginsberg, de Lawrence Ferlinghetti y de Gregory Corso, fue Bob Dylan quien se coló como el eslabón poético que faltaba, recogiendo mejor del desenfado de esa literatura para adelantar lo que vendría después en la poesía estadounidense. La exigencia de lenguaje en Dylan es mayor que la de muchos de sus coetáneos y, qué duda cabe, mayor a la de una generación completa que se perdió en el best-seller y los slogans de la publicidad.

Esta mañana, ante la noticia, he tenido un par de tiras y afloja con gente que se escandaliza. Cómo le otorgan el Nobel de Literatura a un músico que, además, ni canta ni toca bien. Piensa en esto: ¿no lo hará a propósito, con el fin de que el texto no se pierda en la maraña de un soporte musical demasiado complejo? ¿No se pondrá de espaldas, a veces, justamente para que se cancele la visión del showman y se abra el sentido del oído al mensaje de sus letras?

Si tuviera que escoger un solo verso del poeta laureado, uno solo que resulte providencial y que roce las nubes, me quedaría con: «Llovía desde el principio/ y yo estaba muriéndome de sed», de mi favorita, Just Like A Woman. Si no es el mismo en que tú estás pensando, no pasa nada: sólo date cuenta que si podemos discutir acerca de cuál verso te parece mejor, es que Dylan empleó la música sabiendo que le serviría para la difusión de su poesía.

Dylan deconstruye el lenguaje normado, improvisando con genio (siendo Ginsberg testigo de ello), y miente sobre su identidad (siendo la pobre Baez víctima de esos juegos de máscaras). Honestamente, ¿se necesita otra cosa para ser poeta?

Pregunte. ¿No hay? Exija.

Hace muchísimos años, leí una crónica en donde Álvaro Bisama reclamaba lo mismo que me inquieta en este momento. Ahora, no sé si me inquieta más por el motivo que me impulsa a escribir o porque haya pasado tanto tiempo y estemos en las mismas.

En esa crónica –del 2002, 2003, fácil–, Bisama se quejaba de que se había paseado por todas las grandes librerías de Santiago de Chile, buscando unos libros de Chuck Palahniuk, y de Theodore Sturgeon, creo, que no estaban por ningún lado. Los libreros de esas multitiendas –una especie que, en su mayoría, parece estar ofreciendo abarrotes o electrodomésticos– lo miraban como el emoticon que representa «sorpresa» en el WhatsApp, y en lugar de rastrear en sus cerebros, tecleaban caracteres en una base de datos, más por compromiso que por real espíritu de servicio.

La respuesta, mi amigo, soplaba en el viento.

No lo tenemos.

No está ni catalogado.

Sería sobre pedido, al triple del precio de venta.

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Bisama proponía una solución, anárquica por donde se mire: exigirle a ese librero, o a otro, o al jefe de piso, o al gerente de turno –aunque ninguno de ellos pase de Saint-Exupéry y Stephanie Meyer– que lo trajera. Aunque la respuesta fuera, por parte de los distribuidores, de que en Chile o en México no había público para esas obras –o las de Denis Cooper, o las de Virginie Despentes, o, no nos vayamos muy lejos, las de Juan Carlos Onetti y Julio Ramón Ribeyro–, Bisama instaba a que los hostigáramos. Que regresáramos a la semana siguiente. Y a la siguiente. Que los tapáramos a correos electrónicos, que los aburriéramos con llamadas telefónicas. «Oiga, ¿ya lo tienen?», «oiga, ¿ya lo tienen?», «oiga, ¿ya lo tienen?». En el fondo, montar una guerra de guerrillas hasta que los libreros y distribuidores cumplieran con una sola cosa: su trabajo.

Una librería no puede ser una miscelánea. Una librería debería ofertar lo que la gente quiere leer. En el fondo, hay que reeducar a ese gremio: que no nos intente hacer consumir lo que tienen en bodega, sino lo que realmente nos provoca, nos espanta, nos deleita y fascina.

Una vez, en una de estas Mega Comercial Mexicana de Libros, pregunté por la correspondencia entre Henry Miller y Anäis Nin. Me atendió un joven, de morado, que no dejaba de darle órdenes a los demás jóvenes, que andaban de amarillo. Me dijo que no lo tenían, pero que me recomendaba unos libros de Laura Esquivel –o Ángeles Mastretta, no me acuerdo, suelo bloquear ese tipo de recuerdos–. A fin de cuentas, me dijo, eran lo mismo.

En otro momento, rastreaba Cuando ella era buena y Patrimonio, los dos libros que me faltaban para completar mi colección de Philip Roth. En otro de esos Wal-Mart de libros, me acerqué a una chica de azul, más preocupada por contar monedas en la caja que por atender clientes. «No tengo nada del autor», me dijo, después de una búsqueda somera. «¿No?», insistí, «tengo todos sus demás libros, sólo me faltan esas dos». Se quedó mirándome, desde la profundidad de unos ojazos, la verdad muy bellos, tapatíos o tehuanos, y me dijo: «Y si ya tienes todos los demás, ¿para qué quieres estos dos?».

No sé si me explico.

Si un librero no es capaz de mover más que sus dedos en una base de datos para buscarte el libro que quieres, presiónalo. Acósalo. Llévalo al límite. Que haga llamadas, que le pregunte mil veces al jefe.

Mereces leer lo que quieres.

Recordé todo esto que cuento en las conferencias del Hay Festival, el magno evento que se produjo aquí, en Querétaro, la semana pasada, y cuyo saldo, siendo realistas, fue medianón. Asistimos unos amigos y yo, con entusiasmo, a la conferencia de J. M. Le Clézio, moderada por Carmen Boullosa. Luego, en la ronda de preguntas, nos dimos cuenta por qué los libreros no mueven un dedo. Hay algo patético y desesperanzador si la gente va a ver a un escritor de quien no se sabe ni sus títulos. «Se lo tomó muy bien Le Clézio», me dijo una amiga, al salir, «yo los hubiera mandado a la chingada con esas preguntas».

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En la conferencia de Mariana Enríquez no me aguanté. Había asistido con la esperanza de que sus propios editores —¡sus propios editores!– vieran la oportunidad dorada de vender, esa tarde, sus libros en un stand. Y no. No estaban. Ni Las cosas que perdimos en el fuego, ni Los peligros de fumar en la cama, ni Cómo desaparecer completamente. Pedí el micrófono y, después de decirle a Mariana que nos teníamos que conformar sólo con algunos cuentos suyos colgados de Internet —formidables todos, como éste y sobre todo éste– encaré a los organizadores. «Hagan su chamba, ¿no? Vinimos a escuchar a Mariana porque queríamos sus libros. Si no, para qué tanto bombo y platillo de traer escritores». La propia Mariana, en un gesto sorprendente, respondió con diplomacia, señalando que la edición mexicana de Las cosas que perdimos en el fuego estaba ya cocinada y no tardaría en ser servida.

La sigo esperando. Agazapado en la floresta. Hostigando a los distribuidores. Y no. No lo quiero en pdf, ni en libro electrónico, ni mafufadas. Un libro es un libro, y tendrían, como sea, que traerlo.